26 Jun 2014
junio 26, 2014

Las rabietas

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Manuel es un papá que juega divertido con su hijo de dos años. Lo están pasando fenomenal, tanto, que se olvidan del tiempo mientras la tarde va cayendo. De repente, el papá se da cuenta de que está anocheciendo y es hora de regresar a casa. –Martín, vamos a recoger los juguetes que tenemos que volver, es hora de cenar, bañar, poner el pijama e ir a la cama. Mañana volveremos al parque. En ese momento, el niño se tira al suelo negándose a las indicaciones de su padre, quiere seguir jugando. Manuel le explica que hay que volver a casa, que se hace tarde, mientras lo coge en brazos para iniciar la vuelta. Entonces, Martín comienza a patalear y a llorar escandalosamente, de forma que los demás padres del parque le miran mientras, seguramente, se compadecen de la situación que está viviendo el “pobre” papá, quien agobiado por “el espectáculo que están dando”, acaba por ceder y dejarle jugar un ratito más. ¡En esta ocasión, este pequeño se ha salido con la suya!

Este es un ejemplo de rabieta con el que cualquier padre o madre se puede sentir identificado.

Lo que ocurre en esa situación, es un reflejo del mundo emocional de los niños, de cómo viven este tipo de situaciones. Para ellos, los conceptos de la vida son muy básicas, por ejemplo, si quieren algo y no lo tienen, sienten rabia. Si consideran que algo es suyo y se lo quitan, se enfadan. Lo mismo ocurre cuando desean hacer algo o necesitan expresarse y no lo consiguen, entonces asoman la frustración y la ira.

Las rabietas son la acumulación de la frustración ante aquello que el niño no puede conseguir, pura emoción, donde la parte racional y el autocontrol no tienen cabida. Por eso, razonar con ellos en esos momentos no sirve de nada.

Como algo normal, las rabietas son comportamientos que forman parte del desarrollo evolutivo de todos los niños entre, aproximadamente, el año y medio y los cuatro años. No hay que temerlas, sino aprender a manejarlas.

Para ello, el primer paso es gestionar las propias emociones del adulto, mantener la tranquilidad para darle la respuesta adecuada al niño.

En caso de estar rodeados de otras personas, si el lugar lo permite, conviene apartar al niño y buscar un sitio tranquilo para hablarle. Si no es posible, hay que aislarse del desasosiego, incomodidad o vergüenza que se puede sentir por lo que estarán pensando los demás al ver la “escena”. Eso ahora no importa, ya que los papás están educando y esto pasa por aceptar, en un primer momento, las emociones del niño, su rabieta. Y no ceder ante ellas.

Ceder a las rabietas puede convertirse en un recurso para conseguir aquello que el niño desea, obteniendo ciertas recompensas. Así, el llanto y el enfado desmedido se convertirán en una respuesta recurrente cada vez que quiera conseguir algo y, de este modo, el niño controla la situación y los conflictos a su voluntad, es decir, manipula, algo nada deseable.

Respecto a los niños, podemos avisarles con un poco de tiempo de antelación de que vamos a abandonar una situación o dejar de hacer algo. En el caso que, a modo descriptivo, encabeza el artículo, se le podría decir por ejemplo que en diez minutos debemos volver a casa. Así, le damos la oportunidad de predisponerse mentalmente, prepararse, recoger tranquilamente y despedirse. Eso si, cuando han pasado esos diez minutos, debemos ser firmes y no sucumbir a sus protestas si aparecen a la hora de volver a casa.

Cuando se ha marcado un límite razonable y se le ha explicado de forma clara, no hay que ceder, ya demostramos flexibilidad avisándole con tiempo o en otros momentos.

Las normas deben estar bien definidas, hay que explicárselas cláramente a los niños y los papás deben ser coherentes y cumplirlas para proporcionarles esa seguridad que necesitan para su desarrollo moral.

En el caso de que los niños no quieran cumplir las normas y aparezcan las rabietas, se debe mantener la calma, aceptar la emoción del niño, mostrar empatía y repetir la directriz marcada con seguridad y firmeza, perseverar en ello con independencia de la respuesta del niño. Debemos contribuir a que el niño se relaje, enviándole mensajes del tipo –Entiendo que te sientas mal, a mi tampoco me gusta que me lleven la contraria, yo a veces también me siento enfado o frustrada. Ahora, debes tranquilizarte poco a poco. Incluso, podemos dejarle su espacio para que tenga la oportunidad de recuperar el control por si mismo. Cuando lo consiga, cuando todo pase, hay que seguir haciendo las cosas con normalidad, dejando atrás ese momento.

Y siempre premiarle por su capacidad de autocontrol, su esfuerzo por contener las emociones y mostrarle algún gesto de cariño, como darle un abrazo. Eso fomentará su autonomía y madurez.

O-PSIgeno Centro de Psicología (Madrid)

Ana Martín Hernández

Ana Gómez Mensayas

Alicia Pérez González

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